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miércoles
A pesar de que habíamos jurado no regresar, allí estábamos, otra vez, pegados a la vidriera relamiéndonos con la sola idea de saborear los nuevos viejos helados. Vicente estaba al tanto de nuestra adoración por el chocolate y el limón granizado, de modo que preparaba excesivas cantidades de aquellos sabores creyendo que, quizás de esa forma, pódría contagiar nuestro entusiasmo al resto de la cuadra. Los días se sucedían alegres con las lenguas algo entumecidas por el frío, casi no nos anoticiábamos de los fastidiosos mosquitos que se clavaban en nuestras poco bronceadas pantorrilas...
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lunes
...todo eso de repente lo hacía sentir pequeño, infinitamente diminuto. Se pregunta, a menudo, cómo se hará para pasar a través de años y años de socialización sin encontrarse deshauciado a mitad de camino. Las cosas que se alejan a su alrededor lo sofocan como el verano encerrado en una lata pequeñísima, como esas en las que se almacena el azafrán. El azafrán que representa miles y miles de hojas pulverizadas al infinitoy aún así cada partícula conserva su color. Se levanta cada mediodía como si el día anterior hubiera sido una semana entera cargada de asuntos. Eso es lo que espera, exactamente veintisiete instantes poderosos que le recorran las venas anoticiándolo de su llegada a un sitio correcto.
Vicente adora las tardes frescas de noviembre.
Vicente adora las tardes frescas de noviembre.
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